domingo, 11 de marzo de 2012

Cantares de gesta en el Nacional

La tonada con que se le canta a la “U”, tendría que ser la misma de siempre. Y en el Nacional llega a ser la misma de siempre. Igual tal vez, a la de casi un milenio atrás. La misma que cantaron los primeros juglares y que entonó también el juglar original.
La misma tonada con la que se cantó la primera gesta importante. Porque casi siempre el canto de la hinchada es el presagio de lo que ya se sabe o se sospecha. Casi siempre es lo que ha de ocurrir en escena. Lo que el jugador de la “U” ha de representar en el escenario. Y la hinchada realiza estos presagios sin notarlos aún. Allí radica la pureza de su acto.

La hinchada de la “U” le canta a una tradición que prorrumpe en sus venas. Cuando el bombo manda el “Vamos cremas vamos”, es porque han visto el acto heroico repetirse en el futuro. Más que un deseo, entonan como hados lo que ha de suceder.
El hincha de la “U” entona todos los fines de semana cantares de gesta. Sus gestas.
Los de al frente, solo se dignan a creerse más que nosotros, y a gritar sus oles cuando falta tanto para que todo acabe. Berrean cuando solo les separa un gol. Berrean ingenuos el ole como las ovejas que son:

¡Oleeee! ¡Beeeee! ¡Beeee!

La “U” es distinta. Su gente es distinta. Su hinchada se dedica a cantar y a cantar, siguiendo la tradición heredada tantos años atrás. Llaman a aquello que vendrá y aparecerá. Invocan a aquello a lo que le podrás llamar como te dé la gana.
Porque ya sabes, a partir de ahora puedes llamarlo como te dé la gana. Porque sucede. Simplemente sucede. No falta. No escasea. Y encima, tiende a repetirse en el tiempo. Sí, se repite. Se repite como si nada. La garra se repite.

Puede ser que el ponerse esta camiseta tenga que ver con ello. Esa camiseta crema y no otra. Aquella camiseta permite que las cosas sucedan. Que las reacciones se den. Que esa variable que suma, sume de nuevo. Una magnitud a la cual tenemos que reunir de alguna forma. Explicarla de alguna forma. Traducirla en ese sudor que no seca, pero que ya va quemando. Como si fuera combustible. ¡Y qué combustible! Tal vez el suficiente de aquel para echar a andar un país. Tu país.

El viejo en la tribuna de oriente lo sabe así. Sí, ese viejo señor que está ya hecho un músculo agarrotado, que no se deshincha. Que no sabe deshincharse y solo sabe ser hincha. Más hincha. Y grita. Y canta. Enfurecido, pero canta.
Como si su voz proviniera desde el fondo del lecho de un río costeño en verano. Con las piedras sonando y chocando, haciéndose añicos. Esa es su voz en el canto. Enfurecida. Pura. Rompiendo el cerco de miradas de gente sorprendida a su alrededor. Y pasando al otro lado. Caminado un trecho lunar y volviendo de allí. Y canta. Sobre todo canta. No sabe bien la canción, pero necesita cantarla. Hoy necesita cantarla. Porque el alma se le sale por la boca. Y ya es demasiada la humanidad que tiene encima. Lo siguiente sería llorar ante tanta humanidad. Ante el ejemplo del viejo, que canta a su equipo, a su Club. A ese gran amor que le tiene. Y que va chocando entre tanta gente.

Y entonces que llega el gol del empate. Un ir encima del rival. Un no dejarse vencer. Un pase de Rainer Torres hacia el recién ingresado y debutante Chirinos. Y Chirinos que se saca a su marcador y de media vuelta vence el arco contrario.
¿El viejo dónde está? Y el viejo de tribuna oriente que ya no está. Ahora estamos todos nosotros gritando, abrazando, insultando y alabando nuestra suerte. Sacando tanta humanidad encima.
Y el viejo que ya no está allí. Que se ha bajado por las gradas gritando. Gritando. Amando a la “U” y teniendo solo una vida para demostrarlo. Una vida. Y aprovechándola. Aprovechándola con todo. Estrujando su camiseta y llorando como un niño por lo que acaba de ver. Por lo que hemos visto todos. Por esta garra que se niega a ir. A pesar de todo. A pesar de los dirigentes. Cerrando los ojos y viéndolo todo. Todo. Y cantando también. He aquí entonces, el dueño de su mundo. He aquí, un hincha de la “U”.


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lunes, 26 de diciembre de 2011

Un buen romano

Cuando el capitán toma la pelota y arenga a sus compañeros, se hace responsable de sus actos devenidos y por devenir. Se hace responsable de él mismo y de todo el equipo.
Da un paso adelante para entrar a la cancha y da varios pasos al frente en su evolución. En el Monumental, Galván es mejor que cualquier guerrero. Allí en medio de amigos y enemigos, forma parte de un conjunto, cohesiona un plantel.
En el campo de Matute y en el mismo Monumental, el negro ya no es solo guerrero, es soldado. En los estadios donde se producen batallas ceremoniales y batallas verdaderas, Galván es romano. Un buen romano.
Al capitán de la “U” no le basta batirse en tierra con el contrario. También lo hace en el aire, para que Dios sea el verdadero juez de su esfuerzo y empeño. Gana la “U” gracias a actos generosos y desinteresados de sus jugadores. Gana, porque a pesar de la nariz rota y el espolón destrozado, el soldado vuelve a la grama con el primer hervor de su frente.
Un partido caliente necesita fiebre de galeras. Fiebre de hombres que sean libres, pero esclavos de su más primaria voluntad. La voluntad no solo es poderse parar, también es dar el paso hacia al frente e ir si cabe la redundancia, más al frente que el resto.

Luego del final de la liguilla, la “U” necesitaba recomponer sus filas. Hacerlas más impenetrables al enemigo. Ser como un bosque de noche. Pero no como cualquier bosque y no como cualquier noche. Para aquello debía recuperar a su capitán por completo, luego de su lesión.
“Heridas de guerra”, decía Galván, y era verdad; Universitario de Deportes estaba en guerra, porque una campaña de fútbol es eso, guerra.
La recuperación se dio en el campo verde de juego. Reyes cojos y mancos se han podido redimir en un campo de batalla y lograr el triunfo que la sociedad no les permitía en las ciudades. Así siempre ha sido en la historia. La historia que se ve y que driblea, es la misma historia chueca y torpe de los libros. Hombres que caminan el mundo tropezándose, son los mejores corredores sin darse cuenta. Eso te lo puede decir cualquiera y eso te lo podía decir Garrincha en su momento, claro, si le daba la quimba y la gana de hacerlo.
No solo bastan el esfuerzo y el corazón para mantenerte en el camino. Se necesita tener también una buena cabeza para obtener el triunfo. Un triunfo conseguido muchas veces sobre el talento. Galván que tiene experiencia de batallas puede testificar con sus heridas, que vencer a un hombre continente de cabeza y voluntad, por más hombre simple que sea, no es fácil siquiera para un Dios.

El Negro se recupera de su lesión con el único fin de enfrentar los dos clásicos. En el último de aquellos se vuelve a herir, esta vez en el rostro. No interrumpe su camino, más bien se apura en volver a aquel, en ingresar otra vez y en intentar cabecear de vuelta el balón.
Carlos Galván regresa con su defensa, no la piensa abandonar. No cuando falta tan poco. Y no cuando los soldados vuelven para vencer al contrario.
La defensa de la “U” espera en orden los ataques esporádicos del enemigo. Aquellos esfuerzos del rival que son desbaratados gracias a la voluntad de hombres reunidos para luchar por un más alto fin. El fin de los cremas consiste en nunca traicionar su historia y origen, no si el origen prueba ser bueno y es bueno y no si su historia merece ser repetida y enmarcada.
La “U” gana el campeonato gracias a soldados como Galván. El Negro es un soldado, identificado con todos sus compañeros, identificado con todos ellos y por ende mejor que cualquier guerrero. En el campo de batalla, Galván es soldado de la legión. Un ciudadano romano. Un buen romano.


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El paradero final

Hay muchas rutas de micros y combis que cruzan la ciudad. Líneas piratas y líneas que existen solo en el papel. Cooperativas que se unen por el bien común y cooperativas que cooperan con el bolsillo de unos cuantos.
La ruta “S” cruza varios distritos de la capital. Une Lima y el Callao. O confirma en todo caso lo que el tiempo ya unió y casó. Esta línea viene desde lejos y va hacia allende. Su última (o primera) parada queda a solo unos cuadras del Monumental. A diferencia de otros paraderos finales, la soledad no siempre acompaña sus días. Cada dos fines de semana el paradero espera la llegada de personas que siempre vuelven y de otra tanta gente que de harto preguntar, también llegan.
Muchedumbre de puntos lejanos entre sí, coincide aquí. Concurren al micro sin decirse nada, sin verse siquiera. A veces cuando el cobrador es hincha crema pregunta por el equipo y a veces cuando no lo es, también lo hace. La gente necesita noticias, noticias hasta de un extraño o de un enemigo. Así rompen la rutina. La rutina que aumenta su apuesta en la siguiente vuelta y que aun con gran riesgo, siempre arriesga en contra nuestra.

La combi de la ruta “S” viene casi llena. El casi es porque las leyes físicas se pueden acomodar un poco más y mejor. Se pueden acomodar para traer con ellos una copa de vuelta por ejemplo.
Pocas veces un paradero final es tan masivo en un 13 de diciembre o en cualquier fecha. Todos bajan aquí. El cobrador no pregunta más por la “U”, este también es su último paradero. Su última vuelta en la ruta y el inicio de otra de ellas en la cancha.
La hinchada empuja hacia al estadio y entra. El cobrador sonríe y dice que si no fuera por los cagones, que aflojaron a último minuto, el estadio estaría lleno. Y tiene razón. Y es que el “cobra” sabe que las leyes físicas siempre pueden acomodar más y mejor, pero el sentimiento solo tiene espacio dentro de la carne. Afuera de ella, no se puede acomodar más, ni mejor. Es imposible. O estás, o abandonas. Al final de la historia quedan las personas y se descartan los personajes. Al final y en la final también.

La ruta de Universitario de Deportes es algo más que una aparición en el campo de juego. Todo el circuito y rutas alternas. Es la oración que dura lo suficiente para ser historia y no cuento. Más de veinte apellidos guardan sus fronteras. Titulares, suplentes y jugadores en reserva salen al campo de juego y forman una línea sobre la pizarra verde del Monumental.
Alineados conjugan una oración de lectura obligatoria para el rival. Una declaración de principios. Mientras su contrincante forma con once, ellos conforman algo mayor a ese número. Y es que todos los ejércitos empiezan con algo mejor que el once. Con la alineación verdaderamente alineada para recibir los saludos. Ellos forman esa línea buscando cerrar el trato. Juegan hoy para que su mundo acabe completo al final del día. Un gesto de extrema fuerza sobre el contrario necesitado de una sola suerte.
La “U” sale al gramado con todo el equipo porque viene a tomar algo que es suyo y eso solo se puede lograr con el grupo completo, con su parte completa (hinchas incluidos). Universitario de Deportes desocupa todos los asientos de cualquier combi, microbús o en donde haya venido, y baja aquí, en este su último paradero. Nadie queda fuera. Nadie que no quiera ser campeón al menos.


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Conocerlo, es amarlo

Conocerlo, es amarlo*. Solo dos minutos y medio se requieren para convencerse de cosas como ésta en una canción. Phil Spector lo sabía muy bien.
Y conocer al Club es amarlo. Pero conocer a la “U” de verdad requiere más tiempo. Saber de sus aristas maravillosas que lo hacen tan diferente al resto requiere de más momentos que la simple duración de una canción. Sin demagogias tontas que nos pongan de cara al público.
Y conocer al Club es amarlo. El clásico lo define el equipo crema desde un inicio. Son ellos los que encarnan el mejor opuesto, el más lejano. Olvidémonos de una vez la tontería del blanco contra el negro. El rico contra el pobre. Porque no es así. Porque nunca fue así. Porque el equipo contrario, era y es un equipo de ricos, cuyas batallas futbolísticas son luchadas por otros.

Los estudiantes universitarios luchan contra los asalariados de los ricos en el campo. Y esos mismos estudiantes batallan contra la oligarquía dueña del rival en las afueras del campo de juego. “U” contra dos cosas distintas. Contra dos cosas que juran parecerse, pero no se parecen en nada.
El equipo de Universitario es en cambio la propia hechura de su gente. El club de los jugadores presidentes. Cinco de los presidentes del Club formaron las primeras escuadras de la institución. Cinco de ellos dejan todo en el campo porque luchan por algo que es suyo. Allí se inicia la garra.
Mientras que otros se enorgullecían de la habilidad como insignia, los jugadores de la “U” contaban con el amor propio de sus jugadores-presidentes que habían hecho la institución con sus mismas manos. Ellos daban todo por el equipo porque aquel representaba sus sueños plasmados. Ellos no luchan por los sueños de otros. Luchan por lo que es suyo.

Los jugadores de la “U” eran su propia institución en todos los sentidos. ¿Cómo se puede rechazar a la “U”, cuando ellos representan el espíritu más puro del amauterismo?
Y entonces esos amateurs ganan el primer clásico. Y al año siguiente conquistan su primer título nacional. ¿A quién se le ocurre no querer a la “U” cuando lees este tipo de anécdotas?
Cuando lees la historia de la “U” te topas con los sueños de sus jugadores fundadores en todas partes. No es nada difícil hacerlo, es que están allí para ser palpados. La Federación Universitaria tiene el espíritu independiente en toda su estructura. El “Hazlo Tú Mismo” que se ve muchos años después.

Cuando la “U” juega el primer clásico de definición en Matute se encuentra en calma consigo. Múltiples problemas forjan nuevos lazos que hacen el hueso que se expone al golpe más fuerte con el tiempo. Y el hueso de la “U” ha sido macerado en dificultades desde siempre.
Universitario de Deportes busca a su rival en el campo. Va hacia él y le da el primer mazazo. Lo quiebra con un gol. El contrario a pesar de su siglo de vida sigue teniendo pánico escénico. Una pena por ellos. Suponemos que si ese problema no lo has podido solucionar en tu primera centena de años, ya no lo solucionas jamás.
A los jugadores de la “U” nunca les ha supuesto nada fuera de lo común venir aquí. ¿Acaso no lo hacen todos los años?
Equilibrado el partido al final de la primera parte van al descanso y vuelven de aquel con la actitud de aguantar todo. De hacer pausa y dormir el partido hasta el final. Que se esfuercen los otros si pueden, dice Reynoso. Y no pueden. Nunca pueden.
Muy dentro de la cabeza del entrenador de la “U” se repite su conocimiento de los otros. Ha jugado con ellos y conoce de memoria de lo que adolecen. Universitario de Deportes gana el primer clásico.

Y conocer al Club es quererlo. Así alguna vez se lo dije a una amistad que pese a no gustar del fútbol quería descifrar lo que generaba está pasión.
Ir a NORTE en Matute es conocer a nuestro Club. Es tomarlo con ambas manos y abrazarlo como si fuera un eterno gol.
Y es que un clásico en Matute genera para el hincha de la “U” ese orgullo de nosotros contra el resto. El contra todo y contra todos de Cappa. La primera persona en plural contra el resto del mundo.
El que es hincha crema sabe que camino al muladar habrá guerreo, lacrimógenas, “rochabuses”, policía montada, perros policías y policías perros en contra nuestra. Y aún así avanzamos.
El que ha venido aquí varias veces, sabe que hay una fila (a veces dos) para entrar a NORTE, sabe que las puertas las abrirán tarde solo para joder, y sabe de memoria que todo lo anterior descrito se repetirá a la salida. El hincha de la “U” ama todo ello. El hincha de la “U” disfruta que le pongan parlantes en su contra cuando a los rivales les falta el aliento en su propio estadio. El hincha de la “U” se enorgullece que le quiten espacio a su tribuna porque el rival nunca pudo con su canto y aún así la Norte se da maña para cantar más fuerte y mejor que ellos siempre.
Y es que venir a Matute es también conocer al propio Club en guerra. Y conocer al Club es amarlo. Y cuando se ama algo se habla de él siempre. Y toma más de dos minutos y medio. Y se habla más fuerte. Si quieres se canta y si quieres te repites de nuevo y de nuevo…conocer al Club, es amarlo.


*Canción de los Teddy Bears.


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El vuelo

Fernández camina hacia los tres palos de Matute y piensa que un arco de fútbol no es como los demás arcos. Que al fin de cuentas ese travesaño y dos horizontales hacen un marco y no un semicírculo. Que si se diera un marco como éste debajo de una estructura respetable aquella terminaría por ceder ante su propio peso. Que tal vez ese marco debiera necesitar siempre a un hombre debajo de él, dispuesto a cuidar de él, a reparar sus grietas, a seguir guardando sus medidas en relación de tres a uno. A pintar los palos de blanco también. Todo eso piensa Fernández cuando se pone debajo del simple marco que pareciera el costado de una casa por hacer, de una casa humilde a la que le falta la banderita peruana. De una casa que dice: ¡No nos vamos!

Fernández vuela entonces, porque la casa se la quieren bajar a pelotazos y es allí en plena estirada, que alcanza un balón y una pregunta que se le escapaba. ¿Qué es más importante a la hora de defender un arco?, ¿la matemática o la física?
Esas preguntas surgen cuando tienes el tiempo suficiente de volar y aterrizar sin daño. Fernández se mantiene tantos segundos en el aire que pareciera su propio piloto esperando la confirmación de alguien desde tierra. ¡Aterriza ya!, le dicen.
Y es en Matute donde pareciera levantarse siempre para defender su pequeño pedazo de tierra. Un piloto de la RAF volando sobre la isla verde. Con radar y todo. No necesita abrir los ojos, pero los abre. Otro ataque ha quedado conjurado. El cero se mantiene en su arco, que a fuerza de sus buenas actuaciones pareciera conmoverse y arquear un poco el travesaño. Como si fuera una ceja; una ceja justo antes de llorar o de sonreír.

El arquero cambia de lado sin cambiar de equipo. Fernández se dirige donde debería estar el enemigo, pero no encuentra a nadie y entonces retorna al aire nuevamente para despejar aquel balón que ya casi era alimento. Que ya había sido masticado, pero aún no fungía como comida. El hincha contrario se cebaba mostrando las costillas otra vez. Puro hueso y nada de tomar su sitio en la mesa. Fernández no se inmutaba ante los rivales que le hacían gestos con manos y rostros. No había sonidos. Casi, casi cantaban uno y otro gol perdido.
Pero, ¿acaso un casi no es lo mismo que un vice?, ¿no son lo mismo? Vicecampeón le llaman ahora. Triste.
De lejos, un jugador contrario parecía decirle que en cualquier momento se le oscurecía el cielo y tendría que dejar de volar. Una, dos nubes y ya no volaría más. El arquero sonreía tranquilo. Es cosa común ver a los porteros sonreír cuando los turistas lo interrumpen con una que otra impertinencia temeraria. Así tratan de distraer al cuidador que resguarda el arco famoso para tomarse una foto más. Los delanteros rivales son turistas para el arquero crema. Posando una y otra vez en las portadas de los diarios, pero solo para quedarse un rato bajo el arco de Tito y no bajo el arco de Raúl. Ambos son arcos del triunfo si somos repetitivos. Y solo uno, arco de campeonato, si somos rigurosos.

El fútbol es un juego maravilloso, lleno de verdades y contradicciones. El arco que no es semicircular y que haría fracasar cualquier estructura importante, es el más conocido de todos los arcos.
El campo de juego dividido en dos partes y en dos mitades de tiempo. Un enemigo defendiendo dos ciudades distintas sin cambiar de bando. Si hay fichas negras y blancas en el ajedrez, el jugador de fútbol sería plomo y lleno de distintos tonos de plomo. Una pieza llena de contradicción. Tal como el mundo real.
El juego del fútbol es maravilloso porque permite a diez viajeros, a diez nómades depender del hombre que se queda, del sedentario y agricultor que levanta su casa junto al área de cultivo para vivir. Es así que mientras observamos pasar e irse a muchos jugadores buenos en otros puestos, también observamos al portero quedarse un poco más, intentar ser más fiel y durar mejor en el equipo que lo acoge.
Como en la vida, el público está a favor de aquel que arriesga más y termina la carrera antes; pero no vemos mucho a ese que nos guarda las espaldas e intenta quedarse hasta su primera vejez en nuestra casa, ese que ya no espera siquiera que volvamos, sino que solo volteemos a mirarlo un rato. Solo un rato.
Fernández es joven, pero podría ser tu padre. Podría serlo, porque ese puesto es de gente adulta, de gente responsable, de gente que podría ir a la cárcel todos los fines de semana por ti y que terminan yendo para allá. Ese puesto es de gente que necesita parte del reconocimiento que se llevan los demás jugadores. Los aplausos en la cancha de Matute fueron un buen comienzo para Raúl y todos los demás arqueros, y un buen reconocimiento para todos nosotros como hinchada.


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El quipu

En los años de escasez de la antigua URSS (que los fueron todos), la gente de Moscú se reunía en las veredas de la ciudad sin ningún aviso de por medio. Bastaba con que una sola persona se estacionara a la entrada del almacén para que de a pocos cientos de moscovitas la siguieran. Muchas veces las babushkas que eran mayoría en esas largas colas ignoraban por completo lo que se expendía en los almacenes. Muchas veces, aquellas se quedaban en la fila a pesar de saber que lo ofertado no les era necesario. La escasez en la antigua URSS era tan grande que aún lo innecesario se convertía en artículo de valor. De un valor inmenso si conocías las reglas del juego y jugabas en él.

La cola en separadora industrial sabía ser enorme. Tal vez inmensa. Una fila que permitía llegar a un país mejor. No por medio de subirse a un avión e irse, sino de seguir, de seguir a estos cientos y miles delante de ti. La cola en este caso era el medio de transporte hacia la felicidad. Lima por fin tenía su metro, por fin inauguraba sin coimas su tren eléctrico. Los hinchas a diferencia de las matronas rusas conocían lo que se les ofrecía en esta cola. Sabían que aquí tenían todos los productos de pan llevar en un mismo sitio; nada de caminar a la siguiente fila, nada de preguntar que se podía comprar.
En la cola de entrada sabían que al entrar al estadio se alimentarían por meses como la gigantesca boa que en conjunto ya eran. Esa hilera nunca se permitiría ser menos que una procesión caminando en fila india, siempre yendo hacia adelante, siempre lista a dar el siguiente paso.

Para la una de la tarde, la cola parecía ya una cuerda trenzada. Una cuerda con miles de nudos que cual quipu gigante intentaba plasmar un número. El número con que los Incas concebían el infinito y tal vez a Dios. El número con que se le gana siempre al rival.
La enorme cola como un quipu antiguo era imposible de ser comprendida con exactitud. La siguiente cabeza negra o canosa, o inclusive calva, representaría un momento en el número que no debía ser entendido como la primera cifra; la persona es una sola pero transmite números que podrían ser miles. Miles de cabezas trenzadas lo suficiente para unir el sentimiento al entendimiento más frío. Miles de nudos urdidos sin necesidad de debilitar y romper el resto de la cuerda. La gente avanzaba con todos sus nudos y la cuerda no cedía, ni se rompía. El estadio estaba más cerca.

Una sola cola hasta prolongación Javier Prado, y de allí en más, una división para Oriente y Norte. Así llegaban las noticias de adelante, noticias demasiado frescas y casi al instante, como conducidas por alambres de cobre.
Desde atrás arribaba el bullicio descontrolado de una hinchada fervorosa. El bullicio del cascabel de una serpiente que se escucha y al comienzo no se puede ver. Pero luego se ve. Y se ve bien. El ómnibus de la “U” llegando de atrás, de muy atrás, de cientos de metros atrás acompañado por un mar de gente sorprendida y conmovida. La preocupación de antes, disipada como los bichos que se deben matar a dos manos, la preocupación espantada mientras se aplaude y se convierte en felicidad repentina.
Hay noticias también de allá arriba, del espacio exterior. La muralla china no se puede ver desde nuestra Luna. Es un mito. Pero lo que se siente en su lugar, lo siente cualquiera que observe desde fuera el meridión y Ate para ser más precisos. No es mito ese sentimiento, es la “U” que avanza entre aguas…entre su gente.
Y esa misma noticia llega demasiado pronto al estadio. Llega como conducida por el cobre, conducida tal vez por una bendita raza de cobre, conductora de su pasión dos veces, conductora de su electricidad y de su garra. Al fin de cuentas, La “U” es la luz de su gente.

Corrección: La “U” es el fuego de su gente y el infierno para los contrarios…siempre.


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Los boletos falsos

Las cercanías del estadio permanecen de pie como si estuvieran formando una barrera que se abrirá para permitir el disparo rival. Una barrera de cinco jugadores en lugar de una pared o un muro. Y el disparo pasa hasta tocar las redes. El barrio respira fútbol. Es lo que le hace vivir y también morir. Es tanto así. Tanto lo destruido como lo construido en las barreras que se levantan. Es tanto el espasmo en espera del siguiente golpe como la tranquilidad luego del combate. Aún se pelea en Matute, aún se lucha en todo el Perú.
El barrio bulle de vida desde temprano. Bulle de una vida que es transferida desde otros distritos. Transferida a la mala y sin tal vez haberla pedido, tal como las transfusiones en los hospitales del Estado. Vive hoy para morir mañana. Los revendedores llegan antes o se hacen notar antes que los demás. Ofrecen con descaro su mercancía. No sonríen. El peruano desconfía del vendedor feliz. Reniega con él. Un hombre acaba de abrir su mano con algunos billetes y antes de entregar el dinero por el boleto, mira al “reveca” una vez más…no sonrías…no sonrías que aquí no hay foto, solo los taimados zorros sonríen, no seas uno de ellos, aunque lo seas.

Las casas en las cercanías reciben a los recién llegados con la mueca disconforme de los que han vivido esto antes. Los reciben con el fastidio de saber que los revendedores y vendedores son solo la primera tribu de todos los clanes futboleros que llegarán hoy a sus esquinas. Simpatizantes, hinchas, barristas, pandilleros y delincuentes. Lo mejor y lo peor. El fútbol no hace distingos. La policía también llega luego. Como iba diciendo, lo mejor y lo peor.

Los inquilinos y dueños de las casas desde ventanas y azoteas mascan la impotencia de ver todo su barrio convertido en paso de ejércitos que no son el suyo. De ver una guerra que no es la suya. Claro que son hinchas, pero hasta allí nomás. Nunca desearon vivir en la Luna y mostrarse en paisajes lunares; nunca buscaron que sus casas fueran destruidas por el proyectil lanzado desde la calle, por el graffiti y la mano de pintura que nadie quiso. Apellidos enteros y muchas historias que contar lucen esas paredes, pero todas ellas imposibles de ser leídas por los garabatos que las cubren.

Ninguno de los vecinos se esfuerza en limpiar las calles llenas de polvo y restos. Ni uno solo echa el balde y saca la escoba vieja para barrer. Es inútil hacerlo con tanta manada y jauría suelta en los alrededores. Las estampidas y la calma pueden llegar en cualquier momento y pueden irse en el siguiente instante. Ocurre así cuando el control de una masa se hace con la irresponsabilidad de la benemérita.
Nadie respeta a la policía y ella no respeta a nadie. Todos los que están aquí, en los alrededores del estadio, odian al verde. Incluso cuando sonríen, inspiran el odio de la persona común, de los dueños de las casas y de los demás vecinos. Y ellos continúan en aquello, como si con ellos no fuera. Como si trataran de venderte algo que no deseas comprar.
A la policía se le respeta. Y eso es solo una mentira en la sonrisa del revendedor de verde. Y aquí nadie les dice que no sonrían. Aquí nadie les da recomendaciones. Porque aquí nadie los respeta, ni les compra esos boletos falsos.


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